Angosta, ayer
En San Andrés, la central rosa de la cruz griega de las Correderas —Alta
y Baja—, Postigo y Angosta, hacia los
cuatro puntos cardinales, era en nuestra infancia el ágora donde se organizaban
los juegos. La calle más disfrutada, por la que se sube hacia la Plaza viniendo del sureste, o desde la iglesia,
era Angosta; y debe su nombre a que de los 55 m de su
longitud, los 34 últimos apenas alcanzan cuatro de ancho, y el resto se
distribuyen en la calzada y una
palestra, a modo del descansillo de "Historia de una escalera", de unos ocho y
medio. Por su angostura bajábamos a refugiarnos en las oquedades de los
torreones de la iglesia, o tras los muros
del ruinoso cortijo, si el juego fuese al escondite; pero si se trataba
de piola de mudar, o el pañuelo, era su palestra el lugar elegido. Olía la
calle a pan, de Curina; y los vecinos salían a la fresca, de la casa de
Cacharrón, de los Covarrubias, de la Bonita, de Tocinín, de una rama de Sibutos
y de la Currita, de los Galocheros, de los García e Ibáñez…; no se abría la
puerta de Clavel, ni la de Balbina, cuya hija, con negados sentido y equilibrio, miraba balbuciente tras
la ventana. Y en cuanto a Ángela, la Curandera, si no estaba ocupada en
recolocar huesos y aplicar ungüentos, andaba viva, no siendo que, por vivir
donde la estrechura, la arrollásemos en nuestras carreras hacia los torreones,
y dejásemos, maltrechos, su cuerpo y mágica sabiduría.
El Faro Astorgano, 8, junio, 2018
Este es el mirlo que menciono; con imagen y sonido de mala calidad,
al estar tomados con una elemental cámara.
El pardal
Quién pudiera distinguir, por su canto, a todos los pájaros que aún abundan en las paleras,
humeros y choperas de la Moldería Real; como los labriegos y pastores. Este
mayo estoy al acecho de los pardales, los comunes pájaros, de modesta belleza, que
dan con su pico nombre a nuestro simpar garbanzo. Me llaman la atención los
jilgueros con su trino aflautado, su diadema facial carmesí y sus bandas en las
alas de amarillo van Gogh; los veo levantar el vuelo al caminar cercano a los cardos
y jaramagos que jalonan las cunetas de la calzada a Nistal. En la sinfonía de
pájaros primaveral, que cualquiera puede escuchar en arboladas veredas, manda
el rey del canto, el de meloso nombre. No he avistado aún su nido, el del
mirlo, claro está, y eso que se pavonea con frecuencia, ya en el patio, en las
praderas o sobrevolando el oleaje verde de los trigales; al alba canturrea en
los árboles, y al anochecer sonoriza su territorio desde los altos cables de la
frontal carretera. Al acecho estoy, decía, porque han desaparecido del solar
español 25 millones de pardales; y cierto es, pues apenas los veo en tejados y
frutales, al contrario que los petirrojos, que abundan por doquier. Me agradan
el trino del jilguero, el bajo canto con que el petirrojo imita al ruiseñor, y
qué decir del coral gorjeo del mirlo, pero a todos renunciaría si, como antes,
imperase el piar silbante del pardal, nuestro más cercano y fiel volador.
El Faro Astorgano, 25, mayo, 2018
Los mayos
Desde remotos tiempos se festeja en mayo
la primavera: danzas y canciones,
obras de arte y rogativas encontramos en todas las civilizaciones. A nosotros,
con gusto nos dejó escrito Juan Lorenzo de Astorga, en su poemario del siglo XIII
sobre Alejandro Magno, que es un mes “coronado de flores”, en el que las mayas
cantan amores. La tradición más popular era plantar ‘el mayo’ por los mozos o
quintos, en la plaza del pueblo, o cercano a la iglesia; finalizada la faena, podía
haber convite y fiesta. En las zonas de
vega, el elegido era el chopo y en Maragatería el roble, ambos los de más porte
del término. Se socorría el alzado con tres sogas y un mozo debía “engarriar”
para retirarlas. Podía colocarse, también, en la cúspide un trofeo, como en la cucaña de
Goya, y entre los trepadores, el que no abandonase, y lo alcanzase, era
reconocido por su valentía y virilidad. En algunos pueblos colgaban un
monigote, o dos, con trajes maragatos. Los que ahora contemplamos son mayos
artísticos, privados del simbólico árbol, divulgados por los vecinos de Jiménez
desde 1984 y en Astorga por los de San Andrés (este año dedicados, con pareja
bien lograda, a los fundadores de su Asociación). Otros debutantes, que vemos
en calle Zapata o la estación de Valderrey,
punzan por nuestra salud. Mayo
aquí está, con sus corales trinos, frutales cuajados de flores y figuras
que
honran a bienhechores o claman por una mejor sanidad.
El Faro Astorgano, 11, mayo, 2018


El Maristany: vuelta
Una tarde de la primavera de 1986 José
Antonio Carro me lleva al barrio madrileño de Moratalaz, a Pico de Artilleros,
donde vive don Evaristo, ya con 84 años, en compañía de su hijo Francisco;
albergábamos la idea de que apadrinase, con su presencia y obra, la exaltación
musical del Bimilenario. Yo no había
disfrutado su voz cadenciosa y esa
manera de mover las manos, que solo alcanzan los virtuosos de la música. Me
admiré por el temple con que hablaba de su vida: la especialización en Alemania,
su trabajo en Radio Urgoiti de la República y la persecución por los ganadores;
al final, años de carrera profesional, amputada, con trabajos, para él menores,
como pianista en teatros y variedades. Esto rememoro cuando contemplo la
estancia verde de la casa de los Panero, donde se halla el Maristany,
burlador de la bomba; retornado a Astorga, porque este bien, y todos los
suyos, como los de su hijo Francisco, para la ciudad han sido. Conste que para
este astorgano, incluido en la nómina del 27 —no en vano compuso una canción
con letrilla de Góngora—, cada día se
acrecienta su fama. Y si uno corre los dedos por el blanco teclado suena una
hermosa armonía: la de aquel niño, junto
a su madre, complacida; y cercano el padre, con la vista puesta en la “ferrina”
de la botica, pócima milagrosa, en caso de debilidad, para levantar la casa y
adentrar al rapaz en el Real Conservatorio, como príncipe de la melodía.
EL Faro Astorgano, 3, mayo, 2018

El Maristany: ida
Evaristo abrió los ojos
como platos cuando, a la vuelta del colegio, entró en el salón de la casa, en
calle Carretas (hoy Lorenzo Segura, confitería La Mallorquina), y vio a su
madre, María Paz Blanco, que lo obsequiaba con unas notas de un nuevo, añorado
piano. Un niño era, apenas de diez años (corría el año 1912), pero como bien
decía su maestro musical, el de la capilla catedralicia, Ansola, tenía mimbres para
llegar a ser un gran compositor. Su
madre se levantó y le acercó una banqueta para que alcanzase a los pedales:
Evaristo se olvidó de que existía el mundo mientras corría las manos por el
teclado y sacaba de la maraña de cuerdas una hermosa melodía. Leovigildo Fernández,
su padre, se acercó al mirador, posó los
ojos, según costumbre, en aquel escaparate de enfrente, el de la botica de
Ramos Cadenas, sembrado de paquetes de la “quasi-ferrina” contra la anemia y la
debilidad, y pensó que Madrid habría de ser, en unos años, el destino de su
hijo. Así fue: diplomado, con sobresaliente, por el Real Conservatorio. Evaristo casó con Sara
Martínez; nacieron dos hijos, el primogénito, con nombre paterno, y Francisco.
La malhadada guerra trajo para ellos, y sus padres, con pisos colindantes en calle
Mendizábal, ametralladoras apostadas en las azoteas y el terror de la aviación enemiga.
Una noche cayó una bomba que destruyó casi todo, parte de sus partituras, menos
el piano de Astorga, el Maristany.
EL Faro Astorgano, 13, abril, 2018
El afilador
En
septiembre se cumplirán cuatro años desde que Felipe Álvarez, el Pájaro, cerró
su tienda en la rúa Antigua, hoy Manuel Gullón, 1, a unos 300 pies de la iglesia
que fue de San Julián y desde 1949 de Fátima. Si algo tiene de meritorio este
templo son las cuatro columnillas con sus capiteles románicos que jalonan la
entrada; el menos afortunado, pero para la ciudad más representativo, el
situado frente al de san Pablo y san Pedro, porque entre sus motivos vegetales
emerge en su centro una hoja de roble que sería lema de nuestro escudo.
Antiguamente, contaba con portales para mercado, de boteros y carniceros; a su
entorno acudían los amoladores, modernamente llamados afiladores. Hoy, estos
artesanos, que se sirven de los pedales de la bici para mover las dos ruedas de
distinto grano, apenas chiflan por la ciudad: a Jose, de “a terra da chispa” lo
vi por Padre Blanco en enero / 2014, y a uno furtivo este Sábado de Gloria por
la plaza de la Libertad. Ya, tampoco, podemos admirar en la rúa Antigua la
bicentenaria piedra de afilar, heredada por Felipe de sus antepasados, ni los
cuchillos y navajas con el pájaro grabado que en su escaparate refulgían. Perdura
de tan viejo oficio un testimonio en la columnilla del capitel menos
afortunado; rebanada está por el ‘vaciado’ de miles de hachas, cuchillos,
hoces, azuelas… Y fue así porque estos útiles
llevaban consigo, en su filo de barbera, de los santos la bendición.
EL Faro Astorgano, 13, abril, 2018
¡Agua!
Dice don Matías, en
la Historia de Astorga, que no
tenemos río, sino un ‘arroyo o riachuelo’. Algo de razón tiene, pues padece
estiaje gran parte del año, y en su última legua, antes de abocar al Tuerto,
abunda el fango; ese lodazal donde se retienen los desperdicios y se alzan las
cañas, que son despreciadas, pero, por su beneficio depurativo y espumosas
espiguillas del otoño, merecen una mirada complacida. El Jerga, río es, aunque se
trate de una acumulación de arroyuelos, desde el que da origen a su nacimiento,
a 1360 m de altitud, La Reguera, a cuantos lo van nutriendo hasta Castrillo:
Fontanar, el Estanque y su nodriza el Veiga… Dispersos por sus 14 y pico km, en
contadas ocasiones bajan encabritados, y entonces el secarral Jerga puede
causar estragos; como en el 11 de septiembre de 1846, cuando, después de una
noche de diluvio universal, se llevó consigo casas, aperos, animales, de
Murias, y anegó el campo astorgano. Pocas veces, como en estos días, corre por
su cauce, fruto de la escorrentía de la abundante nieve de las montañas, un
agua tan cristalina que uno se sienta a contemplarla en la Ferruja y se cree
visitado por los dioses fluviales de la urbe antigua. Aquellos que lo bendecían
con alisos y salgueras, llamaban al apareamiento a las liebres y perdices en
los aluviales, y, por el puro estío, guarecían a los peces y las truchas en los
caudalosos pozos donde se bañaban zagales y pastoras.
EL Faro Astorgano,3, abril, 2018
¿Y nuestro pan?
El fundamental sustento goza de actualidad. La UE se dispone a sacar una
normativa para que, en lo que respecta al pan y derivados, los integrales, no
se pueda dar gato por liebre. En cualquier revista se muestran novatos
panaderos, que fabrican, dicen, con los antiguos métodos variedades muy
apetitosas; incluso en grandes mercados las exponen aparte, como exquisitez.
Abundan, pues, los que gustan de presumir como herederos de una elaboración
antiquísima. Y aquí, con la boca cerrada; pero en cuanto al pan, nos
corresponde poner la pica en Flandes. La ciudad, hasta finales del XX, contaba
con un buen número de panaderos; y si nos remontamos a sus primeras décadas,
atestiguaremos cómo su producción de pan candeal la exportaban a villas
cercanas. Gozaban de fama las “maseras” de San Andrés, que sobaban la masa
hasta cuatro y seis horas; por populares, disfrutaron de apodos, la Carrañaca, la Morica, la Cucona… De entre
las variedades, la más famosa “la hogaza de a ocho”, la de “mucho en la mano /
poco en la andorga”. La más deliciosa, la de Sorolla, en el cuadro “La fiesta
del pan”: la bolla en las manos oferentes de la maragata. Y calles de postín
tuvimos, como la de Las Panaderas (hoy, Rodríguez de Cela), o La Tahona (actual
Magín Revillo). Si permanente ha sido la fama de las mantecadas, recuperada la
del chocolate, no menos provechosa debería resultar la de nuestro histórico
pan. Pongámoslo en solfa.
EL Faro Astorgano, 16, marzo, 2018
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El Faro Astorgano, 2, 3, 2018. |
El circo...
Se disfruta
el espectáculo hoy más en la imagen atiborrada que con la realidad. Pero en
nuestra infancia eran los niños cantantes y héroes del cine Astúric, y los
titiriteros, que solían hacer parada con el carromato y la “troupe” en San Andrés o Puerta de Rey,
los artistas sin rival. Y, para el mayor espectáculo del mundo, contábamos con
los equilibristas que, de pascuas a ramos caminaban, balanceándose, o
arrodillándose, pértiga en mano, sin malla de seguridad, sobre un alto bramante
amarrado de parte a parte de la Plaza. Ponían a uno los pelos de punta; como
los trapecistas del ferial circo, en la nueva plaza del ganado, a la que nos
adentrábamos bajo la bancada. Ninguno para mí tan emocionante como el circo que
vino años después, cuando en el ‘pradobosque’ del marquesado se asentaron una
serie de dispersos edificios, con el nombre de Cosamai. Celebra su 50 aniversario, y con tal
motivo he visto su exposición en la Biblioteca, mínima, pues para resumir su
historia docente, de convivencia y lúdica, sería necesario un gigantesco
pabellón. De todas las fotos, he vibrado con las de aquel circo, que Juanma
animaba en los pasados setenta, por abril, con maestría sin par, entre debut y
debut de los chavales. Era el éxito de un aprendizaje, para los acogidos con
carencias, que los hermanos holandeses habían incorporado, liberándolos de los
prejuicios de aquella mojigata sociedad: era más que un circo.
El Faro Astorgano, 2, marzo, 2018

Isidoro
Las gubias, aunque ya han pasado dos semanas desde el
luctuoso accidente, parece que acaban de ser acariciadas por las manos de
Isidoro; Isidoro Santos Prieto, de la razón social Astor Mueble, sita en Dos de
Mayo. ¡Se dice pronto!, desde su titulación, en Bilbao, como maestro
industrial, con la caja de gubias atesorada, esperando la jubilación (hará diez
años), para abrirla y modelar con tales útiles, de día y acaso en la noche, esa
madera que parece insulsa para los repetidos muebles, pero que aguarda le
afloren su belleza escondida. Y así hemos visto la extensa fábrica de Isidoro y
su esposa Florentina: con tableros y muebles; y por todos los costados
bajorrelieves, esculturas, dibujos, pinturas…, de monumentos, de maragatos, de
guernicas picassianos y costumbristas escenas. Isidoro nació con el olor de los
carros que su padre fabricaba en Brimeda y llegó a ser un ebanista de taller
florentino, artesano y artista, reclamado estos últimos años para exponer su
arte en los más nobles lugares. Parco en palabras, hondo en sentimientos, y con
una buena salud cepedana. No se podía agotar, pues, en un instante, savia tan
fecunda, por eso su esposa, e hijos, Catalina y Juan Carlos, sabedores de cuál
sería su deseo, le han continuado la vida: dos personas, con el trasplante de sus
donaciones, dejarán la diálisis, y otras bien pronto respirarán de satisfacción
henchida. ¡’Biendichosos’ Isidoro y su familia sean!
El Faro Astorgano, 15, febrero, 2018
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Superluna
Pese a que hasta 2037 no volverá la superluna azul, con eclipse y luna de
sangre, a mí se me escapó el presenciar tan grandioso fenómeno durante la noche
del 30 / 31. Pero esta última tarde de enero, pronto el ocaso, a las 19:10, la
luna llena, observada desde la ciudad, ascendía recrecida por el este tras las
maracas de luz artificial del pueblo de San Justo, en lo alto de La Judiega;
allá, donde se alza una cruz bordeada de apiñadas piedras de romeros y según la
leyenda (o ficción merced a los posos de la herejía de Prisciliano) Toribio,
mediado el siglo V, bramó contra los diocesanos de los que era obispo. Si invención
no fuese, habría desvelado en sus ojos la ciudad amurallada, con su foro y
basílica romanos, sus primitivos templos y aras cristianos, todos por su mano
del reciente asolamiento godo restaurados; se le habría encogido el corazón al
atisbar el monasterio de San Dictino en el arrabal de Puertarrey, se habría
sacudido las alpargatas, y exclamado: “¡De esta tierra ni el polvo!”. En la noche, fue la luna remontando por el
cielo como bola de diamante, hasta declinar el nuevo día uno en poniente, y
fundió en esplendor la escasa nieve acumulada en el monte pagano de Marte, el
Teleno. La luna llena, si te pica la
curiosidad y te aprestas, desde la bajamar de la ciudad, a contemplar su
nacimiento en esas laderas fugitivas del santo Toribio, comprobarás que siempre
es maravillosa superluna.
El Faro Astorgano, 2, febrero, 2018
El tufo
Hay que tener cuidado con
el tufo, oía a los mayores de las cinco viviendas de la lejana casa blanca de
San Andrés. Y a mí me parecía mentira
que aquella cocina económica cuyos herrajes y tapa del calderín, mi madre, con
el sidol, dejaba como el oro, entrañase, por el ardiente carbón, algún peligro;
tampoco los braseros de picón que los vecinos abanicaban en el patio antes de
incrustarlos en la camilla. Había que tener cuidado con el tufo, así que mi
padre, que era muy mañoso, preparaba con un alambre y pesada calabaza el
artilugio para limpiar las chimeneas, y dirigía las operaciones desde los tejados
hasta dejarlas sin hollín. En mi niñez las chimeneas todo el día arrojaban al
cielo bocanadas de humo; por eso había deshollinadores, pero adultos; nunca vi
a otros niños, huérfanos, que fuesen captados, como pretendía Gamfield con Oliver
Twist, para sumergirlos por las chimeneas y terminar con la piel de sus huevecillos
gangrenada. La casa que habitaba Lorenzo Jiménez en plaza de Santa Clara, 9,
hasta este fatal domingo, tiene un codo saliente de final de chimenea, con mancha
de humo junto a la ventana. Compraron una estufa de carbón más grande y la
llenaron; a Rosario, su esposa, nunca le gustó que se escurriera el calor, así
que cerró, como siempre, el tiro. Pero
esta ya era mucha estufa, y el tufo en la noche se llevó a Lorenzo, gitano de
pro, gentil y complaciente, con un eterno sueño dulce.
El Faro Astorgano, 19, enero, 2018
El
jabalí
Sí que alguna vez, en las fincas que riega
la Moldería Real (entre este cauce molinero y la línea férrea La Coruña - Madrid), he visto algún zorro, incluso lo he sentido
en la noche hozar bajo las alambradas de algún gallinero cercano, pero un
jabalí, como en este primer miércoles
del año, a pocos pies de las herrumbrosas agujas del paso a nivel de la otra vía, la ultrajada Línea del Oeste, en la
vida. Debía llevar horas, una vez atropellado, en la cuneta de la aledaña
carretera a Nistal; y pasar inadvertido a la vecindad de la calle Zapata. Dicen
que sobreabundan, así sucede en las laderas próximas de Celada, al contrario de
los corzos, que ya apenas ramonean por El Sierro. No es un animal que despierte simpatía,
pues esquilma los campos, cruza, como en este caso, las carreteras y provoca
accidentes. Mas su carne es saludable, y en nada desmerece de cuantas especies
habitan el universo. Desde antaño ha sido objeto de señorial cacería, acosado
por perros, alanceado, abatido con flecha o cuchillo… Este jabalí, macho solitario,
quizás ansiaba catar el follaje de los cembos de la Moldería: un golpetazo, que
le reventó el morro y adelantó los incisivos colmillos, acabó con su sueño. De
cerca, contemplado su sedoso pelaje de cerdas, ¡quién lo diría, en un día cálido
y apenas mechas de nieve en el Teleno!, a las dos, cuando surcó el norte el arco
iris, no se puede decir que no fuera
be
El
Faro Astorgano, 11, 1, 2017
Aguinaldo
Las Nochebuenas ahora no son tan frías: de
las calles está ausente la nieve y la aposentada helada, así que sus luces de
colores, con campanillas, aros, estrellas…, no chispean en la anochecida;
tampoco los paseantes convertimos nuestro aliento en nubecillas vaporosas. Se
va perdiendo la costumbre, después de más de 150 años, de ‘cantar el aguinaldo’ por las calles
comerciales y ante algunas casas de cercana vecindad. La coplilla de “aguinaldo
pedimos, señora, para el niño que nació en Belén…”, con su estribillo de
“aguinaldo, aguiné”, no han cambiado apenas respecto a aquellos antepasados,
para nosotros, los nacidos avanzada la anterior centuria, ni para los chavales de
estas dos décadas del siglo nuevo. Los torreznicos y lenguanicicas pasaron a
llamarse choricicos y longanicicas, pero igual siguió “y otras cosas que son de
comer”. Verdad es que los astorganos decimonónicos eran más finos, y no osaban,
ante la tacañería, como en posteriores
tiempos, vocear “esta señora que no nos da nada, perros y gatos le mean
la cama”, sino “estas puertas son de estopa, aquí vive un zampatortas”. Los
niños de ahora ya no solo se acompañan de pandereta, los hay que soplan
flautas, traveseras…, lucen el ajeno
gorrete de Papá Noel, pero qué poco los
veo alegrar las calles. Y debemos conservar la costumbre, así que, sin
recompensa de manzanas de cagalgato, polvorones, monedillas, cantemos
“aguinaldo, aguiné…”.
El Faro Astorgano, 21, dic., 2017
María
Aquellos calendarios de nuestros chocolateros del tránsito de los dos siglos pasados eran un encaje de doradas volutas y flores, que enmarcaban sonrosadas damas y niños. Contaban con una visera donde meter los papeles para los recados, los recibos…; o bien, en tal lugar, con un mazo pegado para ir arrancando los días del año, que se ilustraban con dibujos del santoral, en razón de la Epifanía, Pentecostés… Tal finura modernista desapareció con la Guerra, y finalizadas la escasez y la hambruna ya fue otro el gusto. Así, en los sesenta del XX, cada Navidad llegaban a mi casa de la tienda de comestibles de Miguel, el Barroso, almanaques con los niños de Murillo o con las bellas damas de Julio Romero de Torres; algunos se enmarcaban e iban ornando el desnudo pasillo. Hoy, los diseños y los fines de su distribución son complejos; por ejemplo, algunas asociaciones los ilustran y venden para un bien social. Como las doce hojas, con sus fotos y santoral, del “Calendario solidario 2018”, que en portada lleva en grueso trazo las letras Down, todas azules menos la o, que es como un sol de alba con una risueña luna en cuarto creciente por su parte inferior; ojeándolo, compruebo que el mes de marzo lo pasaremos al amparo de María. La astorgana María Centeno López, que acompañada de la actriz Blanca Portillo nos sonreirá 31 días con la mirada cariñosa de la infancia y con la picardía de su bullir adolescente.
El Faro Astorgano, 9, dic., 2017
Las gradas
Luce este mediodía del tercer lunes el sol en la vega de la ciudad, que
riega hacia oriente y poniente la Moldería Real. Aunque Miguel Alonso es el
último labrador de alta en ‘La Agraria’, otros mayores no han desistido,
totalmente, del campo. La cosechadora, de cuartal en cuartal, va engullendo los
maizales como un gigantesco dragón que lleva a su tripa el fruto y expulsa por
la trasera, en un polvillo humeante, los desperdicios de las mazorcas y su
sostén. Estos son: la coronta, no inmaculada como cuando cuajaban en ella los
granos, sino marrón; y los tallos, también las hojas pecioladas,
marchitas sí, pero tersas, no acartonadas como las de los tabacales. Por otras
parcelas la cosechadora pasa de largo, pues los trigales y cebadas ya fueron
recolectados en el estío. Unos hoy, como Antonio, el Rubio, otros en la semana,
con las gradas de su viejo tractor irán horadando su finca; y lo harán con tres
rodeos: primero ‘ralbar”, para surcar el predio como una corriente de agua,
después, una segunda vez, ‘binar’, y una tercera, ‘terciar’, con el fin de que
los curvados garfios hayan calado hondo y el manto de desechos quede oculto
para su pudrición; por fin, con la tabla, peine de hierro, dejarán atusada la tierra. En un mes, para diciembre,
dispersarán abono, tornarán con la vertedera y dispondrán el labrantío en
surcos loncheados, para que entre la brecha de sus lomas penetren el agua y la nieve.

ESCALERILLAS
Los ingenieros romanos eligieron para
el campamento militar, y la posterior
ciudad, un promontorio, con la apariencia de un bajel anclado en aguas
remansadas y con su proa encarada al
Mare Nostrum. Dos milenios largos han
sido tiempo suficiente para tender en su derredor acorazado toda una maraña de
calles, vías férreas y grandes calzadas por las que llegar a las casas de las
planicies, o viajar al ancho mundo. A no ser por la popa, donde sin genuflexión puedes
adentrarte en Rectivía, si desembarcar quieres por
babor o estribor, has de servirte
del atajo de empinadas escalerillas. Por
babor, hacia Puerta de Rey, una, férrea y liviana, te lleva desde gigantescos
monumentos al verdor de El Melgar; y hay otra, de pausado oleaje, aledaña al Teatro Gullón, que
te encamina al labrantío de la vega. Por estribor, hacia San Andrés, se enseñorea
una de piedra asentada, a los
pies de San Roque, la plaza que fue feria
de ganado. Ya por fin, al sitio de El Bastión,
de todas, la patita fea, pues no hay
en sus costados capa de enlucido que resista dos lunas sin pintadas; sus peldaños están roídos y, de barandilla,
también cumple su murete alomado. Para mí es la más querida, porque cada mañana cogía tal impulso
en sus 50 escalones que sin fatiga me
deslizaba cuesta abajo hasta la cercana clase, y conservaba el brío, ya fuese
para desperezar a los educandos o
apaciguar su sana algarabía.
J. J. A. PERANDONES. El Faro Astorgano, 10, nov., 2017
BANDERAS
Las naciones modernas basan su legislación en una constitución
democrática y tienen como símbolos un himno y una bandera. En las poblaciones, izadas están las últimas
en los edificios institucionales, a no ser que hayan de declinar por un suceso
luctuoso. En ocasiones excepcionales, como las que en estos tiempos vivimos por
la secesión de los gobernantes de la Generalidad, las banderas cuelgan de los
balcones o se agitan en concentraciones públicas. Abundan, pues, con mayor
frecuencia de la habitual; en el Camino
de Santiago, como se podía apreciar, inmediato el ilegal referendo, el pasado
sábado 30, portadas por jóvenes
peregrinos, en el tramo del municipio astorgano; o en la tarde del siete de
octubre, agitadas por la vecindad, en la
Plaza. Me llamó la atención, en esta concentración ciudadana, la asistencia de
un grupo de chavales que lucían a sus espaldas, como capa (moda al uso por los
jóvenes en Cataluña) la enseña nacional. Mostraban esa simpar viveza adolescente,
y comentaban que estaban allí para defender la Constitución y en contra el
separatismo. Hablé un poco con ellos, alabé su presencia y las causas que
defendían, y comprobé el desconocimiento tan grande que tienen de la ley
fundamental. Quizás sea este nuestro primer problema: que blandimos la bandera, lo
hacemos con sentimiento, pero no reparamos en el hondo significado que late en
el estampado de sus franjas, rojas y
amarilla.
J. J. A. PERANDONES. El Faro Astorgano, 27, oct., 2017
Sin castañuelas
José Ares Blas, conocido como Pepe,
el herrero de Valdespino, este martes, 26, platica en un banco junto a
la fuente de Santocildes con José Luengo, de Curillas. Apagan los salteados chorros los
ecos de los vendedores, ¡barato, barato!..., y es este cogollo de esta plaza,
en medio de tanta algarabía, un oasis de paz. Son 93 años los que ha cumplido
Pepe, pero hasta hace bien poco, fueron más de cuatro lustros, venía a vender al
mercado sus cuchillos, navajas, moldeados al rojo vivo en su fragua. Ahora no
puede prescindir de este remolino de colores, de los tenderetes con sus telas y
comestibles, del intenso trajín de tantos paseantes que circulan o conversan
por el zigzagueante zoco. No lejos, Concha, la única hortelana de la contorna, de
Carneros, atiende a compradoras, que le demandan su parca cosecha de tomates, repollos, cebollas... Ya no pone puesto vecino
alguno de la saga de los Sibutos, cuyas
huertas, en San Andrés, en Puerta de Rey, eran un bordado vergel de semilleros y frutos.
Tampoco en la loma de Los Redentoristas se
amontonan los pucheros, las huchas, de Jiménez. Desaparecieron las madreñas
floreadas de la Galochera asturiana, y las cucharas, tenedores, en madera, de Sindo,
de Filiel, Germán y Toribio, de Lucillo; tampoco otros artesanos repiquetean,
para mostrar el campanil chasquido,
las castañuelas. El mercado, abigarrado está,
pero ¡qué forastero sin nuestra “cosecha”!
J. J. A. PERANDONES. El Faro Astorgano, 29, sept., 2017

Aniversarios
Disfruta la ciudad celebraciones ancestrales, que aúnan a los vecinos en los templos y plazas, ya para orar, festejar, o ambas vocaciones al tiempo: son sus fiestas patronales, la Epifanía, el Carnaval y Semana Santa. En los dos últimos decenios del pasado siglo nacieron nuevas celebraciones: jornadas gastronómicas, fiestas enraizadas en la historia, de astures, romanos y napoleónicos, cursos musicales, empeños en pro del cine y del ciclismo… Se conmemora de estos dos últimos, el Certamen de Cortometrajes y la Marcha Cicloturista, el vigésimo aniversario, y gusta recordar cómo nacieron fruto de una pulsión entre ciudadanía y gobernantes; así sucedió con el concejal Juan Carlos Ordóñez y Luis Miguel Alonso; con los ediles Juan Simón y Victorina Alonso, en sintonía con asociaciones, otros municipios y el entusiasta Luis Lobato. El 14 de septiembre de 1998 en el Velasco se iluminaba la gran pantalla para la proyección de La gentileza de los desconocidos, de Luismi; y numeroso público, ¡qué joven!, ocuparía durante días las butacas para gustar de un arte que contó en la romana urbe con cinco cines. El tres de octubre siguiente más de 600 cicloturistas, provistos de camiseta con estampa de Escarpizo, pedaleaban contra la droga por la vega del Tuerto. Ayer y hoy nuevos ediles cuidan estas sanas costumbres, y Luis Miguel y Luis Lobato ahí siguen, al pie del cañón, lanzando salvas para nuevas ediciones.
J.J. A. PERANDONES. El Faro Astorgano, 15, sept., 2017
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El Faro A. 5, sept.
2017 |
El cohete
Tras el multicolor tronido, el último estampido del finiquitado domingo,
27, sonó amortiguado en el bajo cielo: tal era aún la humedad que nos había dejado en la tarde el volcán de
granizo y tupido aguacero. No es este último, un cohete cualquiera, con él culminan unos
días en que la ciudad rebosa en sus tabernas, hospederías y ultramarinos; y
avisa a tantos hijos que se fueron a continuar sus estudios, o a buscar fortuna en oficinas y factorías, que es la hora
de hacer las maletas y de proveerse de
dulces, carnes y embutidos. Muchos, después de atisbar las torres
catedralicias como dos lanzas en el cielo, llegaron urgidos por recobrar en las plazas y calles su infancia y adolescencia; y si
zagales tienen, ya de camino, los habían
embaucado con historietas familiares, con el ánimo de ganarlos para una ciudad que siempre será la suya. Los hay
que colaboran, año tras año, en los actos deportivos, culturales y festivos; no
falta, tampoco, quien viene
deseoso de gozar un momento de gloria, para lo cual se entromete en esas
covachuelas que le pueden dar altavoz y templete. Este último cohete, para nosotros, la vecindad, nos alerta del pardo otoño, de las calles medio vacías, de la vuelta a
los colegios; de los eternos problemas,
ahora acusados, de envejecimiento y
desempleo. Y para nuestra Corporación, de la hora en que han de retomar los asuntos candentes, ya con paz, ya con fogueo.
J.A. PERANDONES, El Faro Astorgano, 5, sept, 2017
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Las fotos colgadas estos días en la casa de los Panero están, casi
todas, cuajadas de soldados; hay otras,
del palacio de Grau y Gaudí, de San Roque con tratantes de ganado… García
Maraña adquirió los negativos en Hamburgo, en la patria del voluntario de la
legión hitleriana, el cual, con otros compañeros, se trasladó el 3 de abril de
1938, desde la base de la Virgen del Camino,
a Astorga, para visitarla y fotografiarla. Aparece la plaza, aún reza de la Constitución, llena de
reclutas, que pasan bajo la bandera en el acto de la jura; clérigos, jóvenes de
la Sección Femenina, y otros con la enseña de las F.E.T.; los balcones, llenos, y gente bajo los soportales y hacia Santocildes.
Cercana a la fachada consistorial, ornada con un tapiz tras la talla de la
Purísima, la presidencia: el obispo, el mando militar; el alcalde y Corporación
bajo mazas. Del desdichado 20 de julio del 36 a este 3 de abril no van dos
años. Si el legionario alemán retornó en
la creencia de que en sus clichés se llevaba un cuadro completo de la vida
astorgana, se equivocaba: en las tapias del cementerio seguían las balas que
los “piquetes de infantería” habían desperdiciado en su tableteo de fusilada,
del constitucional alcalde y otros astorganos; en dos plantas del cuartel, encarcelados,
se hacinaban cientos de españoles, y el Palacio era Cancillería de los falangistas.
¿Y de esta casa?: ¡Cuánta tristeza hubiera recogido de su seca fuente!